viernes, 18 de septiembre de 2015

Más de mujeres participando en la Guerra de Independencia

   Hace cinco años, cuando festejamos el Bicentenario, un tema recurrente en todos los investigadores de la historia nacional que estudiaron la guerra de Independencia fue la presencia de mujeres durante el conflicto. Mujeres que participaron activamente en el movimiento, si bien no en las filas, sin en actividades indispensables para auxiliar a aquellos que sí lo estaban. En este blog logramos contabilizar casi mil de ellas, si bien no todas con nombre, algunas con apodo, y la mayoría dentro de un conjunto, como, por ejemplo “las mujeres de Pénjamo”, o “las mujeres de Miahuatlán”, otras más como “la mujer de…” es decir, la esposa de un hombre del que sí tenemos su nombre, como quiera, como la mujer de la anotamos en la lista, lista que pensé estaba ya concluida pero no es así, pues ahora que estamos estudiando la participación del Generalísimo Morelos, aparecen otras damas que, de un modo o de otro, participaron en el movimiento insurgente. Agregamos así a una más, siempre con el problema de encontrar imágenes que vayan acorde con el tema:

 Almonte, Brígida.- Mujer nacida, se cree, en Nocupétaro, Michoacán, de la que se enamoró José María Morelos, con quien tuvo un hijo, Juan Nepomuceno, que murió en el parto. Si bien ella no participó activamente en el movimiento, la incluimos, como incluimos a la madre de Hidalgo y a la madre de Morelos por haber sido ella la madre del comandante del grupo de niños llamados Los Emulantes, activos en el llamado Sitio de Cuautla.

 Armendáriz, María Gertrudis. Natural de Silao, casada con Manuel Hidalgo y Costilla, por tanto, cuñada de don Miguel Hidalgo, tuvo cuatro hijos: Ana María, Juana Nepomucena, Rosalía y Agustín. El 4 de junio de 1809 muere Manuel, la viuda, al año siguiente padece, al igual que toda la familia, la persecución por parte de la autoridad virreinal, fue detenida y puesta presa, junto con sus hijos en la Acordad, sus bienes les fueron confiscados y quedó en la miseria. Trabajaba en la costura a fin de mantener a sus hijos, apoyaba en lo que su escaso ingreso le permitía con la causa insurgente, adquiriendo algunas armas que remitía. Murió en prisión, el 16 de noviembre de 1815, sus hijos fueron puestos en libertad y enviados a Corralejo con su tío José María.  

  La esposa de Francisco Ayala. De ella no conocemos su nombre y se le menciona dentro de la biografía que Alejandro Villaseñor hace de él: “Este insurgente pertenece al número de los muy poco conocidos, y á reparar en parte tal injusticia, van encaminadas estas pocas líneas.

  No se tienen pormenores acerca de sus primeros años; y únicamente se sabe que era acomodado, que gozaba fama de hombre de bien y era bastante considerado de las autoridades por haber desempeñado el puesto de Capitán del Tribunal de Acordada. Y en ese empleo, con pocos hombres había purgado el valle de Cuautla de ladrones y bandidos, mostrando siempre un valor que rayaba en temerario.

  Al estallar la guerra de Independencia, Ayala vivía retirado con su familia en la hacienda de Mapaxtlán, que era propiedad suya; simpatizó con la revolución, pero no tomó parte en ella, detenido indudablemente por el cariño que profesaba á su familia. El Comandante realista de aquel departamento, Don Joaquín Garcilazo, lo quiso obligar repetidas veces á que con sus dependientes se alistara en las filas de las tropas reales, y Ayala asistió constantemente bajo diversos pretextos, con lo cual se hizo sospechoso á las autoridades, que en todo criollo veían á un enemigo. Por aquellos días el Comandante realista Moreno derrotó y dió muerte en la hacienda de Jalmolonga, al guerrillero J. Toledano, encontrándose sobre el cadáver del Insurgente unas cartas del jefe independiente Don Ignacio Ayala, encargado del mando del Veladero por Morelos. Sin atender á la diferencia de nombres y lugares, guiado únicamente por las sospechas infundadas que abrigaba, Moreno dispuso apoderarse de la persona de Don Francisco Ayala, reuniendo al intento una partida de soldados, con los cuales llegó á Mapaxtlán el 16 de Mayo de 1811, á las 2 de la tarde, y quedándose con la fuerza á corta distancia, mandó á dos españoles para que se informaran en dónde estaba el que iba á aprehender.

  Ayala comía tranquilamente con su familia, muy ajeno á lo que le iba á pasar; al acercarse los dos exploradores á la puerta, les instó para que entraran; los espías rehusaron y dieron la señal convenida con Moreno para avisar la presencia de Ayala. Avanzó entonces el jefe realista mandando á su gente que hiciese fuego sobre la casa; las balas atravesaban fácilmente las débiles paredes, y una de ellas hirió mortalmente á la esposa de Ayala. Este, viéndose acometido, y mirando correr la sangre de su compañera, tomó sus pistolas y con ellas se dirigió á la puerta; de un tiro dejó muerto á sus pies á uno de los españoles, llamado Piñaga; el otro huyó, y quedando franca la puerta, pudo montar Ayala en su caballo, y con la espada en la mano, abrióse paso por entre sus aterrorizados enemigos, que no se atrevieron á seguirlo, conocedores, como eran, de su gran valor. Los realistas volvieron después y dieron fuego á la choza en que yacía la mujer moribunda con un niño de corta edad en los brazos. Ayala rondó por las inmediaciones de Mapaxtlán hasta informarse en aquella noche de que su esposa y su hijo habían sido salvados por un criado y se ocultaban en una barranca Con esta noticia, no quiso alejarse mucho de aquellos lugares, y se ocultó en el pueblo de Nenecuilco; pero se hizo público su escondite por habérsele reunido doce de sus rancheros, que mucho le querían, y sus dos hijos. Moreno, sabedor de la presencia de Ayala en aquel pueblo, reunió de nuevo su fuerza y marchó resuelto á apoderarse de él. Al llegar á Nenecuilco Ayala y los suyos se habían posesionado de una vivienda contigua a la iglesia y de las bóvedas de la misma iglesia, dejando amarrados los caballos en los árboles del cementerio, y desde allí hacían un fuego certero, aunque lento, contra los que se acercaban, economizando cuidadosamente las municiones. Así se defendieron largo tiempo, hasta que acosados por el hambre y con pocos cartuchos que quemar, Ayala y los que le acompañaban bajaron resueltamente al atrio, tomaron sus caballos y acuchillaron á los más atrevidos que atrás se quedaron al emprender la fuga Moreno con su partida. Ayala se dirigió á Huichilá, cerca de Tenextepango, siempre con el ánimo de saber de su esposa y de su hijo: informáronle qué aquélla había muerto en Cuautla después de tres días de padecimientos, y que el niño había sido recogido por una persona de confianza. Tantos males gratuitos no podían quedar sin ser vengados. Ayala se dirigió á Chilapa, en donde estaba Morelos, á quien se presentó, é hizo la relación de sus desgracias. El caudillo insurgente escuchó á Ayala con bondad, le nombró Coronel y le comisionó para reclutar tropas. En efecto, reunió un pequeño escuadrón y siguió desde entonces á Morelos, portándose en todos los encuentros más bien como soldado que como oficial, dando muestras á cada paso de un valor brusco y temerario, que indicaba cuando menos el absoluto desprecio con que veía la vida.

  Concurrió al sitio de Cuautla, donde estuvo á las órdenes de Galeana; salió al frente de los que le rompieron, y en Chiautla dé la Sal fué de los primeros en incorporarse, como punto señalado para la reunión. Después de la salida de Chiautla mandóle Morelos á hacer una correría por diversos pueblos del valle de Cuernavaca: en su marcha se vió atacado de unas calenturas que le obligaron á detenerse en la hacienda de Tenequilpam, cerca de San Gabriel. Varios días permaneció postrado por la enfermedad, hasta que de improviso le avisaron que los realistas se acercaban. Esto ocurrió en Junio de 1812. Armijo, con 150 lanceros y la Compañía de Cuautla. Fue quien se presentó sobre la casa de Ayala. Tenía éste á la sazón muy pocos compañeros, y aunque cogidos por sorpresa, rechazó, con treinta hombres, á los asaltantes, y se mantuvo firme en su posición casi todo el día: sus dos hijos habían muerto, algunos de sus compañeros estaban tuera de combate, y sin embargo. Ayala, continuó resistiendo, sin cejar un punto. 

  No pudiendo los realistas penetrar en la casa, le prendieron fuego; Ayala tuvo que retirase delante de las llamas hasta quedar reducido á un pequeño espacio, en donde, por el incendio y por las balas, perecieron aún otros de sus compañeros. Acobardado el resto, huyó como pudo, y Ayala continuo combatiendo, sólo, hasta que consumido el último grano de pólvora, le hicieron prisionero. Armijo marchó para el pueblo de San Juan, y á la entrada de Yautepec mandó fusilar á Ayala, y colgar su cadáver y los de sus hijos en los árboles del camino.

  Así terminó la breve pero gloriosa carrera de Ayala, que en aras de la patria derramó su sangre y la de sus hijos. Como hemos dicho, era hombre de valor á toda prueba, honrado, sumiso á sus jefes, querido de sus soldados, sabiendo comunicarles el valor que le animaba. Ayala habría sido un famoso guerrillero, pero le faltó la sangre fría, que nunca debe perder un jefe, y exponía su vida hasta perderla, como sucedió, lo que motivó que su historia de insurgente fuese tan corta. (2)

 Soravilla de Romero, María Dolores.- La madre del padre Juan de Dios Romero fue también una señora muy patriota, y por haber facilitado importantes recursos á los insurgentes, estuvo detenida en poder de los realistas más de ocho meses, en Valladolid. Por tanto, el nombre de la señora Soravilla no debe ser olvidado, y es muy justo que figure entre los nombres de las más distinguidas heroínas que aparecen en la historia de nuestra Independencia. (3)

 Garcia de Trespalacios, Ana María.- Esposa del Coronel Insurgente José Félix Trespalacios, quien operaba en Chihuahua. Sin estudios de abogacía, salvó a su marido de ser sentenciado a muerte por parte de las autoridades virreinales (4).  El intento más importante fue, sin embargo, la conspiración de José Félix Trespalacios, Pablo Caballero y Gaspar de Ochoa, en noviembre de 1814. En este caso el objetivo era apoyar la lucha de José María Morelos y Pavón, así como lograr el restablecimiento de la Constitución de Cádiz, expedida en marzo de 1812. Trespalacios, militar y síndico del ayuntamiento de Chihuahua en 1812, fue aprehendido gracias a una denuncia. El mariscal Bonavía, comandante de las Provincias Internas, agradeció la colaboración del ayuntamiento y de los vecinos de Chihuahua. Trespalacios fue sentenciado a 10 años de presidio ultramarino y destierro perpetuo de las Provincias Internas. (5)

Fuente:

1.- De la Fuente, José María. Hidalgo íntimo. pp 116-117

2.- Villaseñor y Villaseñor, Alejandro. Biografías de héroes y caudillos de la independencia. Tomo II. Biblioteca de Autores Mexicanos, No. 76. Imp. V. Agueros Editor. México, 1910. pp. 135-140

3.- Villaseñor, Op. Cit. Pp. 161-166

4.- Reyes Gutiérrez, Dulce. Más heroínas de la Independencia de México, Agencia Mexicana de Noticias. Artículo.

5.- Aboites, Luis. Breve historia de Chihuahua, FCE. México, 1996 (Edición electrónica, sin paginación.)

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