jueves, 21 de octubre de 2010

Guadalajara, Jalisco. Cabeza número 132

En la plaza de la bandera, donde estuviera localizada la antigua Garita de San Pedro, esa que marcaba la entrada (o salida) de Guadalajara con rumbo sur, es donde encontramos la Cabeza de Águila número 125. Es precisamente en el cruce de las actuales calles de Calzada del Ejército y Revolución donde, un poco escondida entre los árboles se ubica la estela.


En Guadalajara el cura Hidalgo pasa la temporada más larga, una vez comenzado el movimiento insurgente. Son casi 50 días los que pasa aquí, lugar donde se dan importantes pronunciamientos: la abolición de la esclavitud, es, sin lugar a dudas, el más importante. El nombramiento a los distintos personajes que revolucionan en otras partes de la Nueva España, así como la edición del Despertador Americano, el importante periódico insurgente.


Sobre la presencia en Guadalajara de don Miguel Hidalgo encontramos un documento, por demás interesante, que nos muestra una de las tantas facetas que este lugar tiene. No está de más aclarar que esto fue escrito en ocasión del Sesquicentenario del inicio del movimiento por la Independencia, en 1960:

“Pocos rasgos guardan relación entre la Guadalajara de 45 mil habitantes que acogió a Hidalgo delirante y la Guadalajara de 800 mil vecinos que se extiende en el llamo anchuroso y fecundo. El palacio real donde se alojó Hidlago hoy convertido en palacio de gobierno y en el que Orozco pintó al Caudillo incendiando al mundo con su antorcha libertaria, el Hospicio Cabañas, la catedral, la capilla de Aranzazú, algunas otras iglesias y casas viejas, serán los únicos restos urbanos de una ciudad desaparecida para siempre, si los patios colmados de flores, el sol ardiente y la belleza de sus famosas mujeres no establecieran una continuidad, una calma propio inmune a piquetas municipales y a naturales aunque crueles innovaciones.


De todas las ciudades que hemos recorrido siguiendo la huella de Hidalgo –Querétaro, San Miguel, Guanajuato, Toluca, Morelia- es Guadalajara la que más ha crecido y se ha transformado. Las otras se han recogido en sí mismas protegiéndose y protegiendo sus barrocos esqueletos de piedra, un poco al margen del tiempo, viviendo entre dos épocas, entre dos ambientes que se juzgan incompatibles, en tanto que Guadalajara sufrió un estirón, pasó de la niñez que recogiera todavía Altamirano en su “Clemencia” a la adolescencia sin transición, sin esfuerzo, ahogando lo viejo, haciéndolo desaparecer por un simple desarrollo, como los huesos demasiado salientes de las niñas desaparecen un día ante la milagrosa metamorfosis de la pubertad.


Es difícil caracterizar a esta ciudad, que es quizá la adelantada de las ciudades mexicanas. Aquí se tiene la idea de que el mestizaje ha alcanzado su plenitud, seguramente porque lo ofrece de una vez y en una escala superior a la de otras ciudades. Hay una belleza, una gallardía, una propensión a la cultura que no se encuentra en otros sitios. El equilibrio de la agricultura y de la industria, ha producido una clase media numerosa que crecerá y se afinará en la medida en que Jalisco intensifique su penetración a la costa, a esas ricas regiones vírgenes comprendidas entre Puerto Vallarta y Barra de Navidad que abrió un gobernante intelectual: Agustín Yáñez.


No tengo nada que decir de sus calles modernas, de sus comercios, de sus carreteras, de sus cafés y de sus fuentes de sodas tan impersonales y vulgares como pueden verse en Monterrey o México. Lo distintivo de Guadalajara es la gente, las mujeres que lo llenan todo, los jóvenes estudiantes, los extraordinarios seres que colman mercados, calles y plazas y en las noches oyen música en las plazas de piedras calientes o desfilan entre los árboles y las flores invisibles que perfuman el aire.

Es gracia, esa belleza, esa alegría temperada son las que rodearon a Hidalgo hace 150 años, dándole lo que habría de ser, el último respiro en su fulgurante carrera de revolucionario.


Varios sucesos importantes y de muy diversa índole, señalan el paso de Hidalgo por Guadalajara: la formación incipiente de un gobierno propio, la publicación del Despertador Americano, sin duda el primer impreso que refleja una nueva conciencia nacional y de dos decretos trascendentes: uno, del 29 de noviembre aboliendo la esclavitud, los tributos y las alcabalas, y otro del 5 de diciembre dando a los indios las tierras de sus comunidades, en el que se esboza un intento de reforma agraria”. (1)


Fuentes:

1.- Benítez, Fernando. La ruta de la libertad. Editorial Offset. México, 1982.

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