jueves, 22 de abril de 2010

Del Tianguis al Supermercado, una herencia casi perdida


Mercado en Actopan, Hidalgo.



De algo que nos podemos engalanar en México es del colorido de los mercados, los cuales, más que mercados, los deberíamos de llamar con su nombre original: Tianguis. Lamentablemente, hoy día, por Tianguis entendemos algo que dista mucho, de ser lo que en realidad fue un Tianguis.








Mercado en Pueblo Nuevo, Guanajuato.


No hubo un solo europeo a principios del siglo XVI, que a su llegada a la Gran Tenochtitlán no se sorprendiera de la magnificencia, eficacia, orden, belleza, colorido y aroma de los Tianguis. Bernal Díaz del Castillo y Bernardino de Sahagún hacen largos relatos de lo que ven en los Tianguis, años más tarde lo haría Francisco Javier Clavijero. Y es gracias a ellos que tenemos viva la imagen de lo que fue el Tianguis en su momento. No eso que suelen llamar en la actualidad Tianguis y que no es otra cosa mas que una oda a la ingobernabilidad, al ver la piratería y el contrabando de todo tipo de piezas, o basura, para ser más claros, que desde la remota China nos traen a vender.











Mercado en Valle de Santiago, Guanajuato.




Dista eso mucho de lo que fue, en su momento, el majestuoso Parián, idea de mercado traída, precisamente de China, o de las Filipinas, para ser más precisos, cuando el territorio de la Nueva España abarcaba hasta esas islas orientales y se incluían en los 7 millones de kilómetros cuadrados que desde la Ciudad de México se pretendían administrar.



Mercado en Tula, Hidalgo.




El maestro Eduardo Matos Moctezuma escribe en Arqueología Mexicana: “Por otra parte, contaban con un mercado, que causó fuerte impresión entre los conquistadores, lugar de intercambio de productos diversos tanto locales como llegados de otras latitudes. Al principio, bajo el gobierno de Cuacuauhpitzáhuac, sólo comerciaban plumas de papagayo, como lo señala Sahagún: “Cuando los mercaderes comenzaron en Tlatelulco, de México, a tratar, era señor uno que se llamaba Quaquapizauac, y los principales tratantes eran dos. El uno se llamaba Itzcoatzin y el otro Tziutecatzin. La mercadería de éstos, por entonces eran plumas de papagayos…” (Sahagún, 1956, t. 2, p. 339)”.



Mercado en Chilcuautla, Hidalgo.




Continúa el Arqueólogo Matos: “El mercado fue cobrando importancia, a tal grado que se convirtió al paso del tiempo en el principal sitio de intercambio. De sobra conocidos son los relatos que nos han dejado tanto Hernán Cortés como Bernal Díaz del Castillo, de los que cabe destacar varias cosas: por un lado, la organización que se guardaba en los distintos sectores, en los que se ofrecían productos como cerámica, mantas, cestería, comida, animales, etc., y por otro, la manera en que se dirimían las controversias que pudieran surgir del intercambio y la adquisición de productos, resueltas por los jueces. A esto hay que añadir la enorme cantidad de personas que acudían al mercado, según señala Díaz del Castillo (1943, t. 1, p. 281): “…quedamos admirados de la multitud de gente y mercaderías que en ella había y del gran concierto y regimiento que en ello tenían”.











Mercado en Jilotepec, Estado de México.



Así pues, agregamos a la lista, ya dada, de Bernal Díaz del Castillo y Fray Bernardino de Sahagún, al Conquistador Anónimo y a Hernán Cortés, quienes describieron los tianguis. Y tomamos lo que el jesuita, Francisco Javier Clavijero escribiría en Bolonia, Italia, a finales del Siglo XVIII, luego de la expulsión de su orden de los territorios de la Corona española. A esto no está de más puntualizar que, en buena medida, esa expulsión fomentó en mucho la idea de liberación de México del yugo hispano. Escribe Clavijero:



Mercado en Santa Cruz de Juventino Rosas, Guanajuato.




“Para dar laguna idea de estos mercados, tan celebrados por los historiadores de aquel reino, bastará decir lo que era el de la capital. Este hasta el tiempo del rey Axayácatl se había tenido, a lo que parece, en una plaza, que había delante del palacio real; pero después que Tlatelolco entró en la corona de México; se pasó a aquella nueva parte de la gran capital. La plaza de Tlatelolco era, según testifica Cortés, dos veces mayor que la de Salamanca, cuadrada y rodeada toda de pórticos para la comodidad de los comerciantes. Cada renglón del comercio tenía su puesto señalado por los intendentes del mercado. En un puesto se vendían las cosas de oro, plata y piedras preciosas; en otros las obras de pluma, en otro los tejidos de algodón y así de lo demás, y a nadie se le permitía mudar de lugar; y por si no cabían en aquella gran plaza todas las cosas venales sin embarazar a los comerciantes, había la providencia de que las cosas de mayor volumen, como vigas, piedras y semejantes, se quedaran en las calles o acequias inmediatas. El número de contratantes que diariamente concurrían a aquella plaza era, según el mismo Cortés, de más de 50mil”.



Mercado en Salamanca, Guanajuato.



“Las cosas que allí se vendían eran tantas y tan varias, que los historiadores que las vieron después de hacer una larga y prolija enumeración, concluyen diciendo que es imposible expresarlas todas. Yo procuraré decirlas en pocas palabras para excusar la molestia de los lectores. Lo que se llevaba a vender y a permutar al mercado era de cuanto había en el imperio mexicano y en las provincias y reinos vecinos (quién leyere la descripción que hacen Cortés, Bernal y el Conquistador Anónimo, reconocerá que no hay exageración alguna en lo que digo), que pudiese servir a las necesidades de la vida, a la comodidad y regalo, a la vanidad y curiosidad de los hombres; innumerables especies de animales, así muertos como vivos; todo género de comestibles usados en aquella tierra, todos los metales y piedras preciosas allí conocidas, todo los simples medicinales y hierbas útiles, resinas, aceites y tierras minerales y todo género de obras y manufacturas de pita, algodón pluma, pelo de animales, madera, oro, plata, cobre y piedra”.



Mercado en Araró, Michoacán.




Vendíanse también esclavos y aun canoas enteras de excremento humano para curtir las pieles de animales. En una palabra, vendíase en aquella plaza cuanto podía venderse en toda la ciudad; porque, a excepción de los comestibles, que había venales en otros mercadillos de la ciudad, ninguna cosa se vendía fuera de la plaza del gran mercado. Allí concurrían los alfareros y lapidarios de Cholula, los plateros de Azcapotzalco, los pintores de Texcoco, los estereros de Cuahhtitlán, los ramilleteros de Xochimilco, los pesacaodres de Cuitlahuac, los cazadores de Xilotepec y los canteros de Tenayuca”.



Mercado Zaragoza en Puebla, Puebla.



Un momento más de reflexión. En este México del Bicentenario será bueno darle una mirada a los Mercados en toda su magnificencia que son, con toda la representatividad que encierran. Dignificar los Tianguis, recuperarlos y volverlos, más que en un lugar de corrupción, en un lugar netamente mexicano en donde se lleva la dulce tarea de comprar todos los productos que requerimos para llevar a casa, ponerlos en la mesa y disfrutar la riqueza que Nuestra Madre Tierra nos da.











Mercado en Atlixco, Puebla.



Fuentes:




Bernal Díaz del Castillo.Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España. Editorial Porrúa. México 1974.






Francisco Javier Clavijero. Historia Antigua de México. Editorial Porrúa. Mexico 1974







Hernán Cortés. Cartas de Relación. Editorial Porrúa. México, 1974.







Eduardo Matos Moctezuma. Revista Arqueología Mexicana. Número 89.



Tianguis en Tecozautla, Hidalgo.

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